Michael Connelly – El eco negro

Me encanta cuando los libros me sorprenden. Con este libro me pasó algo similar a lo que me había sucedido con El jardinero fiel, lo tomé de la estantería por el título, con cierta curiosidad pero sin esperar nada maravilloso. Un salto al vacío, un salto de fe que, en realidad, es lo que nos pasa a todos cuando tomamos un libro nuevo. Lo cierto es que, esta vez, al saltar, tenía el paracaídas puesto y pude contemplar la vista. El eco negro es una sorpresa y, además, un libro increíble si son amantes de la novela negra.

Su autor, Michael Connelly, fue periodista en el periódico de LA Times y parece claro que allí aprendió bastante acerca de la dinámica policial que terminó trasladando a esta novela que, ya les adelanto, me fascinó. Publicada en 1992 en su idioma original, con varias reediciones y con un futuro bastante prometedor, porque el autor ha continuado la saga publicando ya diecinueve libros, El eco negro nos cuenta la historia de Harry Bosch, un detective curtido de Los Ángeles. Harry solía ser una leyenda en la ciudad, pero tras un episodio en un tiroteo y una investigación de Asunto Internos de la Policía de Los Ángeles, lo han degradado a detective en la comisaría de Hollywood.

El libro comienza con nuestro protagonista estando de guardia y teniendo que acudir a la escena de un crimen: han encontrado un cadáver en una tubería de Lake Hollywood, en la presa de Mulholland. Todo parece indicar que es otro adicto a la heroína que se pasó con la dosis y murió, pero al ver el cadáver Bosch lo reconoce. Se trata de Billy Meadows, un veterano de Vietnam, con el que Harry había compartido unidad en la guerra. Ambos eran ratas de túneles. Se trataba de una unidad que se adentraba en los túneles construidos por el Vietcong. El ejército de Vietnam del Norte construyó túneles durante la Guerra de Vietnam para moverse por el territorio y atacar a los norteamericanos por sorpresa, pero también guardaban provisiones allí e incluso muchos soldados vivían en esa oscuridad. Las ratas de los túneles norteamericanas debían adentrarse allí, en la boca del lobo, únicamente provistos de una linterna y una arma y su objetivo era investigar los túneles, matar a tantos soldados vietnamitas como pudieran y, de ser posible, dinamitar los túneles para cortar la ventaja enemiga.

No puedo negar que el dato histórico me encantó, no solo porque trae a colación una guerra icónica en el imaginario norteamericano, donde se vieron ampliamente superados por la estrategia del Vietcong (no se dejen llevar por lo que Rambo les vende), sino porque pone al lector en uno de esos túneles junto con los protagonistas y el sofoco, la cluasutrofobia, el miedo y la oscuridad se contagian. Además, pone en el tapete un tema bastante interesante: ¿qué es lo que pasa con esos soldados cuando vuelven a ser civiles? ¿Cómo es que siguen con sus vidas? ¿Acaso pueden hacerlo? Naturalmente, Harry Bosch pudo hacerlo, aunque con ciertos reparos porque el buen detective sufre de pesadillas e insomnio. El estrés post traumático los ataca a todos. Ese me pareció un toque interesantísimo. Meadows, por otro lado, se dedicó a delinquir y a las drogas, incapaz de reinsertarse en la vida cotidiana.

Al ponerse a investigar, tanto el cadáver en sí como sus últimos movimientos con vida, Bosch llega a la conclusión de que aquello fue un homicidio. El cadáver de su antiguo compañero tiene un dedo roto post mortem, lo cual lo descoloca, y además, la forma en la que fue encontrado en la tubería es realmente extraña porque no ha dejado huellas al entrar. Por si esto fuera poco, antes de morir, Meadows había empeñado un brazalete de oro y jade que estaba muy por fuera de sus posibilidades económicas, y que había sido declarado como parte de un botín de un robo a un banco. Curiosamente, el brazalete fue robado de la casa de empeños casi a la misma hora de la muerte de Meadows. Parece claro, según Bosch, que todo aquello tiene relación de algún modo.

Su conclusión lo lleva a relacionarse con el FBI, ya que el robo de bancos es tipificado como un delito federal en Estados Unidos, y es el Buró quien lleva ese tipo de investigaciones adelante. La colaboracíón entre una agencia y la otra obliga a Harry a trabajar con Eleonor Wish, la agente encargada de investigar el robo al banco. Sin embargo, todo parece complicarse porque consideran a Bosch como sospechoso dada la relación que tenía con Meadows y desde allí la novela comienza a ponerse interesante. No quiero dar más datos de la trama, a pesar de que muero por contárselos todos. En serio, tienen que correr a leer este libro si son amantes de las novelas negras.

Hubo una cantidad de cosas que me gustaron de esta novela. De hecho, todo me gustó en esta novela. El personaje de Harry Bosch es impecable. Es un tipo de instituciones, como Eleonor lo define: pasó su infancia en varios centros de acogida y luego entró al ejército y después a la policía de Los Ángeles. Un hombre que necesita una institución que lo albergue. Aun asi, a pesar de esa “contención institucional”, nuestro protagonista tiene profundas heridas y no hablo de las físicas, sino de las mentales: Vietnam lo marcó a fuego. Ni la terapia ha podido ayudarlo ni paliar su insomnio, pero lo ha convertido en un policía excepcional. Solitario, muy inteligente y con serias dificultades para obedecer órdenes directas de sus superiores, es un detective muy querido dentro de la fuerza y un hombre convencido en la búsqueda de la verdad. Sin embargo, debo reconocer que es ligeramente un cliché. Ustedes saben de lo que hablo: el atormentado, solitario e inteligente detective que se pone el caso al hombre y termina resolviéndolo. Aun así, hay detalles que hacen de Harry un personaje único, como la forma en la que trabaja, su implacable búsqueda de la verdad, la forma en la que su mente trabaja a toda hora para saber qué fue lo que pasó con su viejo compañero.

La trama parece sencilla y ordinaria, típica de uno de las millones de novelas negras que circulan, pero conforme avanza, de forma pausada pero segura, comienza a complejizarse más y más y el lector se engancha más y más. Sobre todo porque a medida que uno lee, comienzan a deslizarse más detalles y van apareciendo otros casos abiertos que tienen relación con el que está investigando Harry. Les juro que es imposible de soltar. Punto a Michael por eso. Los giros argumentales… mi buen Dios, son excepcionales y algunos de ellos me han dejado impactada. Hay un punto en la novela en la que empecé a sospechar de todo el mundo y todos parecían culpables y eso sin lugar a dudas es mérito del autor. Punto a Michael por eso también.

Por último, ambientada en la década del 90, hay muchos detalles interesantes para aquellos que no habían nacido en la época o los que eran muy pequeños para recordarlo. Me llevó a pensar en cuánto cambió el mundo en estas tres décadas. Desde las máquinas de escribir, las grabadoras, los cassettes que hay que rebobinar, el busca hasta el hecho de que el personaje fume en lugares públicos, todo eso me hizo recordar una década fantástica en la que nací y crecí y, si debo confesarlo, me sentí un poco vieja, no lo voy a negar.

Este libro tiene un sabor a los clásicos del género y es una belleza. Les prometo que no se van a arrepentir de leerlo. En lo personal, no pienso dejar la historia de Harry Bosch antes de que realmente empiece, estoy pensando ya en leer toda la saga y les juro que me emociona. Porque es un libro brillante, con una trama que aparenta ser sencilla pero que luego se complejiza, incorporando giros argumentales que sorprenden, porque los personajes son enteros, firmes, complejos y con matices y porque no pude soltarla hasta terminar, le doy cinco estrellas de cinco a este libro.

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