Marta Minujín y la contracultura en el arte

¿Creen que puedan hacerme un favor? Cierren un momento los ojos y piensen cuantas pintoras, artistas mujeres conocen. Tómense un momento. ¿Cuántas fueron? ¿Dos, tres? No les voy a mentir, en mi caso no se me ocurrieron más de cuatro o cinco y me sentí mal por ello. En realidad, primero me sentí mal por no conocerlas y, casi de inmediato, me sentí enojada. Por eso en esta edición de #Mujeres2019, una iniciativa creada por Laura del blog Palabritas Ajenas y de la que pueden informarse aquí, creo pertinente hablar de pintoras.

Marta Minujín me cae bien. Hay algo muy liberador en patear el tablero y eso es precisamente lo que hace esta mujer. Nacida en Buenos Aires en enero de 1943, estudió en las escuelas nacionales de Bellas Artes y presentó su primera exposición en 1959. Un año después obtuvo una beca del Fondo Nacional de Artes que le permitió instalarse en París.

La artista se volcó a temprana edad por el arte pop. Dicho arte surgió en primera instancia en Estados Unidos en la década del 50 y 60 del siglo XX y suponía utilizar productos de la economía de consumo y de producción de masa y la publicidad para criticar esa economía y la sociedad que la nucleaba. Entre los artistas más conocidos encontramos a Andy Warhol y sus latas de sopa, por ejemplo. Ahora bien, algunos artistas argentinos sintonizaron con las representaciones del pop y comenzaron a definirse de esa forma. Dice la propia artista “no un arte que es necesario entender, es un arte que es necesario gustar”.

Minujín comenzó a trabajar con algunos lenguajes del arte contemporáneo bien distintos y que comenzaban a sacudir el ambiente artístico, como los happenings, las instalaciones y las performance. La propuesta original del happening artístico tiene como obetivo el producir una obra de arte que no se focaliza en objetos sino en el evento a organizar y la participación de los “espectadores”, para que dejen de ser sujetos pasivos y, con su actividad, alcancen una liberación a través de la expresión emotiva y la representación colectiva. Las instalaciones incorporan cualquier medio para crear una experiencia visceral o conceptual en un ambiente determinado. Los artistas de instalaciones por lo general utilizan directamente el espacio de las galerías de arte. Por último, las performance es una muestra escénica, muchas veces con un importante factor de improvisación, en que la provocación o el asombro, así como el sentido de la estética, juegan un rol principal.

El primer happening que realiza lo hace en París en 1963 y tiene por nombre La

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La Destrucción, París, 1963.

Destrucción. Para esta obra reunión todas sus piezas de París e invitó a un grupo de artistas a “destruirlas”. Los juntó en un terreno baldío,  roció con nafta sus obras, las incendió y soltó 500 pájaros y 100 conejos. La exposición terminó con el público entendiendo poco y huyendo mucho de esas sirenas que podían ser los bomberos o también la policía en busca de hippies quemando cosas en un lote parisino. Un año más tarde realizó el happening Cabalgata, que consistía en unos caballos a los que le había atado a sus colas recipientes de pintura, coloreaban algunos colchones y al mismo tiempo un grupo de aristas reventaba globos y dos músicos tocaban rock envueltos en cinta adhesiva. Poco después, en el Estadio del Cerro en Montevideo, presentí Sucesos, una performance con quinientos pollos, mujeres gordas, atletas, bailarinas, motociclistas y como epílogo, un helicóptero arrojaba al público una violenta lluvia de harina.

Como notarán, todas sus obras tienen la particularidad propia de los lenguajes de arte contemporáneo que es la efimeridad. Es arte efímero que sólo se puede disfrutar en ese momento y que no se repetirá, que tiene clave de contracultura, que tiene, si quieren, un toque de absurdo, pero que marcó un hito en el arte pop rioplatense.

Tal vez su obra más conocida sea La Menesunda. Expuesta entre mayo y junio de 1965, presenta junto a Rubén Santantonín esta instalación en el Instituto Di Tella. Se accedía a ella en grupos de ocho persona por vez a través de la silueta de un hombre recortada en una cortina de plástico transparente. Después se transitaba por un túnel de neón que

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Minujín y Santantonín en el Di Tella, en 1965.

llevaba a un espacio con diez televisores encendidos a todo volumen. Luego se ingresaba a un dormitorio con una pareja en la cama. Otro túnel, con luces de neón y sonidos callejeros, conducía a una escalera con pasamanos de esponja y perfume penetrante, que finalizaba en una gigantesca cabeza de mujer, cuyo interior estaba cubierto de cosméticos. En su interior una maquilladora atendía al público, aplicándole los productos. De allí un túnel de paredes blancas y suelo gomoso conducía a un espacio oscuro con olor a consultorio dental, en el que había un disco telegráfico gigante; para salir era necesario acertar el número al marcar. La salida era a través de una cámara frigorífica, con una temperatura

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Última estancia de La Menesunda.

algunos grados bajo cero, llena de telas de todo tipo y color. Finalmente, se accedía a una cámara octogonal de espejos, que se oscurecía al ingresar el visitante. De inmediato se encendían luces negras y unos ventiladores hacían caer una lluvia de papel picado de colores. Como despedida, un aroma a fritura devolvía al espectador a su espacio cotidiano.

A partir de 1970 empezó a trabajar tanto en Buenos Aires como en Nueva York, lugar donde residía puesto que había ganado la Beca Guggenheim. En el Museo de Arte Moderno de esa ciudad presentó Kindnappening en 1973, con la colaboración de Gary Glover, en la que intervinieron cuarenta actores con los rostros maquillados a semejanza de los retratos cubistas de Picasso, quien había fallecido pocos días antes.

A partir de entonces comenzó con una serie de apropiaciones de los grandes monumentos. El Obelisco acostado, que presentó en la Primera Bienal Latinoamericana de San Pablo en 1978, era una réplica del obelisco de la ciudad de Buenos Aires pero

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Obelisco acostado, San Pablo, 1978.

horizontal sobre el piso. Los espectadores podían recorrer el interior del monumento, iluminado por luz negra y en el vértice había dos aparatos de televisión y un filme que mostraba la obra del arquitecto Alberto Prebischn y cómo se erigió en 1936.

En esta línea también presentó en 1979 en la Feria de las Naciones el Obelisco de Pan Dulce, una imitación comestible del monumento porteño a escala real. Estaba

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Obelisco de Pan Dulce, Buenos Aires, 1979.

realizado en una estructura de metal y recubierto con miles de unidades de pan dulce envasados al vacío. Veintiocho días después, una unidad de bomberos distribuyó el pan dulce entre las cinco mil personas asistentes, por lo que la estructura de metal quedó desnuda. Se había producido el rito del consumo, como había propuesto la artista.

Un de las obras más importantes de esta época fue El Partenón de libros, una reproducción del Partenón de la acrópolis ateniense de 15 metros de frente por 30 de profundidad y 12 de altura, que contenía veinte mil

Partenón de libros, Buenos Aires, 1983.

volúmenes en una homenaje maravilloso a la literatura censurada desde 1976 por la dictadura militar argentina. Se inauguró el 19 de diciembre de 1983 y en la Nochebuena, los libros se repartieron entre el público y algunas bibliotecas populares.

En 1985 colaboró con el estadounidense Andy Warhol en una serie fotográfica titulada El pago de la deuda externa en la que, a modo simbólico, saldó con un representante de Estados Unidos la deuda externa que Argentina había contraído con dicho país a través de maíz. A propósito de esta serie, dice Marta:

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El pago de la deuda externa, Nueva York, 1985.

“Me lo encontré en el Odeón  le conté la idea y a él le encantó. Entonces fui a su casa de la calle 34, a una cuadra del Empire State. Llevé todos los choclos, hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos. Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga. Pensando que yo era la reina del pop por estos lados y él, el rey del pop por allá, tenía sentido que saldáramos la deuda. Después regalamos los choclos firmados a la gente. Esa fue la última vez que lo vi. Murió dos años después.”

Aún con 76 años Marta Minujín sigue produciendo arte para todos. ¿Acaso no les cayó bien? ¿Qué piensan de esta artista?

2 comentarios sobre “Marta Minujín y la contracultura en el arte

  1. Creo que leí una entrevista de ella hace poco en la revista que saca El País los viernes de cada mes, pero FAN de lo que esta mujer hace con su arte y como siempre parece ser todo tan colectivo.

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