Agó Paez y los mandala

¿Creen que puedan hacerme un favor? Cierren un momento los ojos y piensen cuantas pintoras, artistas mujeres conocen. Tómense un momento. ¿Cuántas fueron? ¿Dos, tres? No les voy a mentir, en mi caso no se me ocurrieron más de cuatro o cinco y me sentí mal por ello. En realidad, primero me sentí mal por no conocerlas y, casi de inmediato, me sentí enojada. Por eso en esta edición de #Mujeres2019, una iniciativa creada por Laura del blog Palabritas Ajenas y de la que pueden informarse aquí, creo pertinente hablar de pintoras.

Es momento de terminar con otra uruguaya. Agó Páez nació en diciembre de 1954 y es, como todos sabemos, la hija del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. La propia artista dice que su padre tuvo una influencia brutal en su vida artística en tanto él le enseñó a pintar, representando aquellos soles tan característicos de él, y que esa fue su primer conexión con el círculo, pero volveré a eso más adelante.


Nací en un atelier; mi mundo está unido al arte desde que recuerdo, sólo que yo sentía internamente que el arte debía ser para mí la manifestación del espíritu…


Junto a sus dos hermanos, ayudó a su padre a construir Casapueblo, que sería su hogar, de líneas onduladas, sin rectas. Esta arquitectura influyó en su deseo de tener una casa

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con propiedades similares, lo cual lleva a cabo en su Octógono -figura geométrica sagrada para los chinos-, construido en el 2007. Ubicado en las Grutas de Punta Ballena, traslada allí el taller que tenía antiguamente en Carrasco. Es una construcción de barro, con techo de quincho y

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una cúpula de cristal. Mide 100 m3, muros de 3 m de altura, totalmente hecho a mano con la colaboración de amigos, artistas, escultores, pintores y ceramistas.

El lugar nació como consecuencia de la búsqueda espiritual de la propia dueña, quien deseaba un punto de referencia para quienes se animaban a recorrer El Camino al interior; un sendero creado en 2003 por ella misma, inspirado en el Camino de Santiago de Compostela.

Desde entonces, este lugar es un albergue para los peregrinos, además de un centro de referencia y formación espiritual. Asimismo se abren nuevas instancias para integrar el proyecto Sanarte de la Escuela de Mandalas que dirige la propia artista y para participar en ciclos de diversas temáticas como baño de gong, aromaterapia, alimentación ayurvédica o método rebirthing.

A pesar que es una artista que aborda diferentes técnicas como la escultura o la

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cerámica, Agó prefiere la pintura porque la conecta con los mandalas, la obra de su vida. Asimismo, a menudo restaura los murales de su padre que recorren el país y también pinta los propios, entendiendo que el mural es arte para todos y que lo democratiza de un modo que el cuadro sobre lienzo no puede hacerlo.

Pero volvamos a los mandalas. Su arte es milenario en las culturas occidentales y suele utilizarse como terapia para conseguir la armonía y la paz. Mandala significa círculo, pero de acuerdo a su etimología es un contenedor de esencia. Es, de hecho, una representación simbólica y arquetípica del universo según la antigua cosmología budista. Está constituida por un conjunto de figuras y formas geométricas concéntricas y representa las características más importantes del universo y de sus contenidos. Su principal objetivo es fomentar la concentración de la energía en un solo punto.

La propia Agó menciona que, en verdad, vemos círculos todo el tiempo y que esa forma circular que nos rodea constantemente nos remite, por ejemplo, al vientre materno o al propio planeta Tierra. Los círculos generan una conexión con el ser de interior, con la paz, con la alegría y con el desarrollo creativo. Parece obvio que, de todas las artistas que hemos conocido en este #Mujeres2019, Agó es la única que conecta su arte con una

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espiritualidad.

A pesar de que desde los soles de su padre los círculos siempre estuvieron su vida, hubo algo, inexplicable según ella, que la orilló a abandonar la pintura de los típicos cuadros y buscar siempre esa forma circular. Sin saber mucho de qué se trataba la técnica, en soledad comienza a canalizar formar utilizando la música clásica de Bach y Beethoven para inspirarse y dejarse ir.

La artista menciona que el mandala, por su significado y los colores que utiliza, vibra trayendo energías positivas. El arte viejo, como lo llama ella, conectaba con la psiquis y a través de él, el artista volcaba sus angustias, sus problemas y sus pesares y el espectador, absorbiendo las vibras que el cuadro desprendía, se llevaba a su casa una energía un tanto negativa. Sin embargo, el arte nuevo conecta con la espiritualidad, la paz y la armonía, buscando colores vibrante y saturados que generan en el espectador cierta alegría y trasmiten buenas vibras.

El arte hoy comienza a manifestarse desde el ser, manifiesta, y agrega que el artista no es más que una canal para manifestar lo divino, y el arte es la forma de trasmitir lo que urge para el despertar de miles de personas dormidas que necesitan algo que conmueva su corazón para volver a casa.

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Su dedicación a los mandalas es tal creó su propia escuela, llamada La Escuela de Mandalas, que funciona desde hace 12 años en Argentina, puntualmente en Rosario, lugar de su abuela materna, y Uruguay. Allí se enseña la técnica que permite la sanación del alma, pero también se dedica a dar estos talleres en las escuelas del país, haciendo a menudo murales con los niños. Su objetivo es promover el Arte consciente o Arte desde el corazón.

Curiosamente la Revista Arte al límite le preguntó qué aportaba la consciencia femenina en un mundo de las artes de predominio masculino. Ella respondió: Lo femenino conecta con el amor, el abrazo, la vida, la célula y la madre. El arte es amor, cuando sale de una mujer tiene corazón. Y ante la pregunta de qué figuras femeninas le habían dejado una huella, respondió: Mi madre, la Magdalena, Teresa de Calcuta, Frida Kahlo y todas las mujeres por su capacidad de amar.


Manifestar amor en todo. El arte es una maravillosa herramienta para hacerlo. Sanarnos para ayudar a sanar, ¡comenzar por casa!


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