Cristina Caboni – El lenguaje de las abejas

Estamos de acuerdo que cada libro tiene su tiempo, ¿no? Eso es exactamente lo que me sucedió con El lenguaje de las abejas. Lo empecé a leer hace cosa de mes y medio y no logré conectar con la historia ni con la forma de escribir de la autora y para qué voy a mentirles, lo abandoné. Sin embargo, sentí culpa, no sé si a ustedes les pasa, pero a menudo siento culpa cuando abandono una lectura así que un poco obligada por mi misma, lo retomé y vale decir que me llevé una sorpresa.

El libro de Cristina Caboni, distribuido por Océano en Uruguay, nos cuenta la historia de Angélica Senes, una joven especializada en abejas. Desde su cría, su comportamiento hasta el modo en que vuelan o comen Angélica lo sabe todo y lo brinda buenamente a casa apicultor que así lo desee alrededor de todo el mundo, por lo que se forjó un nombre a fuerza de mucho trabajo. Viaja en una caravana por Europa a la orden de cada quien precise su ayuda y si bien es feliz con ello porque es la vida que eligió y realmente ama las abejas, también hay que decir que está un poco perdida, nostálgica y absorbida por una falta de seguridad que no la hace sentir a gusto en ningún lado. Esa sensación se dejaba notar tan intensamente a través de la prosa de la autora que, de cierta forma, me la contagió y por eso terminé dejando la lectura.

En uno de esos viajes entre abejas y panales Angélica recibe la llamada de su madre, haciéndole saber que Jaja había muerto. Llamada Margherita pero apodada Jaja por Angélica, se trataba de una mujer que solía cuidarla cuando era pequeña. Por aquel entonces su madre trabajaba mucho, y no siempre en lugares o incluso trabajos agradables, por lo que la pequeña Angélica solía quedarse muchas veces sola y, también hay que decirlo, tuvo que crecer un poco de golpe, pero Jaja siempre estaba allí. Vivía dedicada a las abejas y fue ella la que le enseñó a Angélica a cuidarlas, comprenderlas y quien le transmitió su amor. Al parecer, la veterana dejó expresas indicaciones para que, luego de su muerte, Angélica heredara su casa y sus colmenas.


Independientemente de la naturaleza del vínculo que se hubiera instaurado, cada cual recordaba como trabajaba con las abejas , cómo estas se posaban sobre ella cuando empezaba a cantar. Su fama se extendió por todas partes. En voz baja, sin embargo, pues la apicultura no es magia sino ciencia.


De modo que nuestra protagonista emprende un viaje hacia el pueblo que la vio crecer, Abbadulche, y que también la vio volar, porque se fue de allí cuando todavía era una niña. Reconectando con el pueblo, que a cambió y a la par se mantuvo igual, Angélica vuelve a la casa que la cobijó y termina por instalarse allí. La nostalgia asalta cada rincón y también los problemas porque los parientes de la anciana, que ya se veían hincando el diente a la herencia, empiezan a pelear por el derecho a reclamar la propiedad y, a su vez, una importante empresa constructora quiere también los terrenos.

Por si todo esto no fuese poco, Angélica se reencuentra con su primer amor, Nicola, un amigo muy querido y muy cercano que la abandonó cuando tenía nueve años y del que, por un motivo u otro, no ha podido olvidarse en todos esos años. Puede imaginar que, tras ese reencuentro, el amor resurgirá.

Voy a ser clara con esto, no se trata de una historia espectacular, de hecho tiene giros de lo más previsibles pero más allá de eso, tiene cantidad de detalles que hacen de esta una buena lectura. Para empezar, el viaje personal de Angélica es de lo mejor. El modo apático con el que empieza la novela y cómo ella se reencuentra consigo misma a la par que descubre el deseo de echar raíces, cuando siempre dijo que no quería hacerlo, es de lo más bonito. A su vez, me gustó mucho leer sobre una mujer que lucha con uñas y dientes por lo que ama.

Por otro lado, el protagonismo que tienen las abejas es brutal y, si soy sincera, no lo esperaba. No solo son el mundo de Angélica, sino que también fueron el mundo de Jaja y el modo en que una le transmitió el amor a la otra es maravilloso. Jaja poseía el don de comunicarse con ellas, cantaba para establecer un vínculo con la colmena, tan especial y único que no la picaban, por ejemplo. Era la última guardiana de las abejas y le transmitió el saber a Angélica y esas enseñanzas, como el modo en que una trabajaba codo a codo con la otra o incluso el modo en que cada una cantaba a las abejas y el ambiente que generaba era realmente increíble de leer.


Estaban en el centro del bosque, con los brazos en alto, y a su alrededor las abejas volaban formando un remolino, envolviéndolas a ambas.


A su vez, el libro tiene un detalle muy preciso que lo hace único y que en lo personal lo disfruté mucho: al comienzo de cada capítulo menciona un tipo de miel y sus características: el color, el aroma, de qué planta surge y cómo es la cristalización. Eso fue super interesante, porque al menos yo no sabía que existían distintos tipos de miel pero gracias a este libro descubrí que existe la miel de romero y la miel de lavanda y que son distintas. A su vez, al final del libro hay un puñado de recetas para cocinar con miel que se me hizo tan entrañable como bello.

Más allá de ese mundo casi idílico de las abejas, aprecié particularmente que la autora se tomara el tiempo de introducir una crítica y obligar al lector a reflexionar sobre el modo en que el hombre está contaminando y cómo las abejas, más bien para mal, son las primeras en notarlo. Estoy hablando desde los transgénicos hasta los plaguicidas. Disfruté mucho ese detalle.

Además de las abejas, protagonistas indiscutidas, mi preferida fue Jaja. La abuela o tía que todos queremos tener. Una mujer única que ha construido un espacio seguro para toda mujer que lo necesite, que extiende su mano sin esperar nada a cambio, con una sabiduría proverbial, profundamente generosa y amable y que, de una manera u otra, marcó a fuego la personalidad de Angélica y que, en realidad, la convirtió en la mujer que es.

Se trata de una novela muy sensitiva. A través de un estilo narrativo suave, lleno de dulzura y con un lenguaje poético, la autora logra transmitir con mucha precisión aromas, colores e incluso lugares que se pueden oler, ver y apreciar al leer sin grandes problemas. El modo en que pinta Abbadulche es realmente maravilloso porque el lector puede imaginar esos paisajes marítimos, esas calles antiguas y el zumbido de las abejas alrededor con mucha realidad.

El mensaje, y lo que más rescato, es la importancia de la unión, saber unirse para trabajar mancomunados y en equipo. Un libro que vale la pena por el modo en que involucra los cinco sentidos al leerlo, porque tiene un estilo poético muy bello y porque tiene unas reflexiones muy profundas y muy enriquecedoras. Tres estrellas de cinco.

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